Érase una vez bajo techo

Érase una vez bajo techo surge de una experiencia prolongada en Amaime (Palmira), en un territorio conocido como Barrio Azul, donde muchas viviendas fueron cubiertas durante años con techos improvisados de plástico azul reutilizado del sistema de riego del Ingenio Manuelita. Ese material transformó la luz y, con ella, transformó la vida cotidiana: el color dejó de ser un dato visual para volverse atmósfera, clima emocional y forma de habitar.

Mi relación con el lugar se construyó desde la presencia y el regreso. Acompañé procesos comunitarios junto a la Fundación Auxilius Deus y, entre visitas constantes, caminatas, conversaciones y registro, empecé a entender el azul como una condición que toca: afecta el cuerpo, altera la percepción, reorganiza el espacio doméstico y deja memoria en los objetos. El proyecto se sostiene en esa idea de contacto: lo que tocamos nos toca; lo que nos toca, nos transforma.

Entre 2017 y 2020 desarrollé una investigación–creación que cruza pintura, instalación, fotografía y archivo visual. La obra funciona como un retrato fragmentado de un momento de transformación territorial. Hoy muchos techos azules ya no existen, pero el archivo permanece como evidencia sensible: imágenes, pequeños formatos, huellas de luz, escenas íntimas, gestos mínimos que conservan la potencia de lo vivido.

Érase una vez bajo techo también se expande hacia lo pedagógico a través de Cartográficas: un taller comunitario donde caminar, registrar y crear se vuelven herramientas para leer el territorio con otros. El proyecto cruza arte, memoria situada y procesos afectivos: una manera de sostener lo que cambia sin domesticarlo, de cuidar lo vivido sin congelarlo.

Contexto de investigación

Érase una vez bajo techo se desarrolla en el corregimiento de Amaime, Palmira (Valle del Cauca, Colombia), donde durante varios años muchas viviendas estuvieron cubiertas con techos improvisados de plástico azul industrial reutilizado del sistema de riego del ingenio Manuelita, empresa que opera en la región.

El asentamiento que hoy se conoce como Barrio Azul comenzó como una invasión en los años noventa en la ladera del río Amaime. El territorio pasó por diversos momentos: intentos de reubicación por parte del gobierno local, procesos que no funcionaron porque los habitantes regresaban al mismo lugar, poblándolo hasta consolidarlo como barrio. Hoy las condiciones son diferentes a cuando comencé a frecuentar el territorio. Persisten las fronteras invisibles, pero hay transformaciones en la estructura barrial, comunitaria y vecinal. El uso del plástico azul como solución habitacional, ligado a condiciones económicas y de acceso a recursos, se volvió una presencia constante en el paisaje del lugar.

El plástico azul filtró la luz y alteró directamente la experiencia cotidiana dentro de las casas. Los interiores cambiaron de color, las sombras se densificaron y los cuerpos, los objetos y las rutinas se adaptaron a una atmósfera permanente. La vida doméstica se organizó bajo esa condición lumínica, modificando la relación entre interior y exterior y la forma de habitar el espacio.

El proyecto surge de una presencia sostenida en el territorio: caminar, visitar las viviendas de manera reiterada, conversar y registrar de forma continua. La obra se construye desde esa experiencia directa y desde la atención a una transformación material concreta que hoy, en muchos casos, ya no existe de la misma manera.

Marco conceptual

Este proyecto entiende el espacio como una condición activa. La arquitectura precaria, la luz y los materiales inciden directamente en el cuerpo y en la percepción, afectando la manera de estar, moverse y relacionarse dentro de un lugar.

Érase una vez bajo techo se construyó desde una presencia sostenida en el Barrio Azul de Amaime entre 2017 y 2025. El trabajo implicó caminar el territorio de forma reiterada, entrar a las casas, conversar con los vecinos, registrar cómo vivían bajo esa atmósfera azul. La pandemia interrumpió el proceso, pero el proyecto regresó en 2025 con talleres de exploración territorial junto a los niños del corregimiento, extendiendo la metodología a la comunidad.

Érase una vez bajo techo dialoga con la noción de afecto formulada por Baruch Spinoza: la capacidad de afectar y ser afectado. El afecto aquí no es teoría sino relación material concreta. El plástico azul filtró la luz, transformó los interiores, modificó la vida doméstica. Los habitantes resignificaron ese material de desecho convirtiéndolo en refugio. Esa doble vía – el material que toca a los cuerpos, los cuerpos que tocan al material – es lo que el proyecto registra.

La pintura traduce esa experiencia de ser tocado por la luz. Las series Adentro y Afuera concentran escenas domésticas y exteriores atravesados por la atmósfera azul. El color, la escala y el soporte responden a lo que el entorno impone. El archivo fotográfico Un rincón azul de Palmira (180 imágenes) funciona como registro de una experiencia compartida que hoy ya no existe de la misma manera: muchos techos azules han desaparecido. La obra fija una transformación territorial concreta.

Cartográficas en Amaime extiende la metodología del proyecto al territorio mediante talleres con jóvenes: caminar, registrar, producir imagen desde el contacto directo con el lugar. La cianotipia – proceso donde la luz toca químicamente el papel – refuerza el concepto: esa misma luz que transformó los interiores se convierte en herramienta pedagógica que materializa el tacto.

El proyecto atiende a lo mínimo: una modificación material que transforma la vida cotidiana. Pero ese “mínimo” se sostuvo durante ocho años, atravesó una pandemia, generó un archivo de 180 imágenes, produjo dos series pictóricas, documentó un fenómeno que ya está desapareciendo, y regresó al territorio para compartir la metodología con quienes lo habitan. La obra sostiene esa experiencia sin cerrarla, dejando visible la relación entre cuerpo, espacio y tiempo.

Adentro

Adentro

Adentro nace de la luz azul filtrada por los techos improvisados. Son escenas íntimas donde el color no aparece como decoración sino como condición: todo lo que toca se tiñe, se aplana, se enfría o se intensifica. La casa se vuelve un cuerpo atravesado por una atmósfera monocromática que cambia la percepción del espacio y la sensación de estar.

Desde el interior, la pintura funciona como registro afectivo. Lo cotidiano queda detenido en un gesto, una sombra, un rincón, un objeto marcado por la luz. Adentro conserva esa experiencia de contacto: el azul sobre la piel, sobre la mesa, sobre la ropa, sobre la memoria. La serie habla de silencio, adaptación y permanencia; de cómo el cuerpo aprende a habitar bajo una condición que lo modifica.

Afuera

Afuera

 

Afuera desplaza la mirada hacia el barrio y su transformación. El azul ya no solo cae dentro de las casas: cubre la arquitectura, envuelve el paisaje, aparece en lo público y en lo privado como una atmósfera común. Afuera es el territorio en movimiento: reconstrucción, resistencia, cambios materiales y cambios en la manera de estar juntos.

La serie se sostiene en la observación prolongada y en el caminar como método. Pintar fue una forma de registrar la atmósfera del lugar sin convertirla en postal: atender a lo que se repite, a lo que se pierde, a lo que queda. Afuera habla de una comunidad que se reorganiza mientras el color —aunque cambie o desaparezca— sigue funcionando como memoria.