Érase una vez bajo techo
Érase una vez bajo techo surge de una experiencia prolongada en Amaime (Palmira), en un territorio conocido como Barrio Azul, donde muchas viviendas fueron cubiertas durante años con techos improvisados de plástico azul reutilizado del sistema de riego del Ingenio Manuelita. Ese material transformó la luz y, con ella, transformó la vida cotidiana: el color dejó de ser un dato visual para volverse atmósfera, clima emocional y forma de habitar.
Mi relación con el lugar se construyó desde la presencia y el regreso. Acompañé procesos comunitarios junto a la Fundación Auxilius Deus y, entre visitas constantes, caminatas, conversaciones y registro, empecé a entender el azul como una condición que toca: afecta el cuerpo, altera la percepción, reorganiza el espacio doméstico y deja memoria en los objetos. El proyecto se sostiene en esa idea de contacto: lo que tocamos nos toca; lo que nos toca, nos transforma.
Entre 2017 y 2020 desarrollé una investigación–creación que cruza pintura, instalación, fotografía y archivo visual. La obra funciona como un retrato fragmentado de un momento de transformación territorial. Hoy muchos techos azules ya no existen, pero el archivo permanece como evidencia sensible: imágenes, pequeños formatos, huellas de luz, escenas íntimas, gestos mínimos que conservan la potencia de lo vivido.
Érase una vez bajo techo también se expande hacia lo pedagógico a través de Cartográficas: un taller comunitario donde caminar, registrar y crear se vuelven herramientas para leer el territorio con otros. El proyecto cruza arte, memoria situada y procesos afectivos: una manera de sostener lo que cambia sin domesticarlo, de cuidar lo vivido sin congelarlo.
Adentro
Adentro
Adentro nace de la luz azul filtrada por los techos improvisados. Son escenas íntimas donde el color no aparece como decoración sino como condición: todo lo que toca se tiñe, se aplana, se enfría o se intensifica. La casa se vuelve un cuerpo atravesado por una atmósfera monocromática que cambia la percepción del espacio y la sensación de estar.
Desde el interior, la pintura funciona como registro afectivo. Lo cotidiano queda detenido en un gesto, una sombra, un rincón, un objeto marcado por la luz. Adentro conserva esa experiencia de contacto: el azul sobre la piel, sobre la mesa, sobre la ropa, sobre la memoria. La serie habla de silencio, adaptación y permanencia; de cómo el cuerpo aprende a habitar bajo una condición que lo modifica.
Afuera
Afuera
Afuera desplaza la mirada hacia el barrio y su transformación. El azul ya no solo cae dentro de las casas: cubre la arquitectura, envuelve el paisaje, aparece en lo público y en lo privado como una atmósfera común. Afuera es el territorio en movimiento: reconstrucción, resistencia, cambios materiales y cambios en la manera de estar juntos.
La serie se sostiene en la observación prolongada y en el caminar como método. Pintar fue una forma de registrar la atmósfera del lugar sin convertirla en postal: atender a lo que se repite, a lo que se pierde, a lo que queda. Afuera habla de una comunidad que se reorganiza mientras el color —aunque cambie o desaparezca— sigue funcionando como memoria.




































