Mis proyectos son una misma práctica mirándose desde distintos ángulos. Cambian los objetos, cambian los escenarios, cambia el tono, pero el motor se mantiene: insistir en lo real sin contenerlo en una idea fija.
Trabajo desde un eje transversal donde cuerpo, calle/territorio, objeto, memoria, consumo/desgaste y archivo se complementan entre sí. Camino como una práctica cotidiana, pero atenta: la ciudad entra al cuerpo por la percepción, y el cuerpo devuelve lectura. En ese cruce, la identidad se construye a partir de signos, fricciones y experiencias que cambian con cada recorrido.
La calle aparece como un sistema de señales: hay espacios que invitan y otros que repelen; economías visibles e invisibles; fronteras simbólicas que ordenan quién circula y quién incomoda. Caminar, para mí, es entrar en ese campo sin la promesa de una respuesta. El recorrido no calma los cuestionamientos, los activa. Y esa activación abre preguntas sobre cómo el espacio se domestica —por costumbre, por miedo, por deseo de control— y sobre cómo cada cuerpo negocia su forma de estar ahí.
El objeto usado trae tiempo encima: marca, rastro, desgaste, uso repetido. En Relatos de Segunda Mano esa materia se vuelve prueba y relación mínima: tocar, escoger, cargar, mirar de nuevo. En Fachadas / Intemperie, el mismo desgaste aparece expandido en la ciudad: una piel social hecha de capas, ruinas, remiendos y abandono. En Érase una vez bajo techo, la atmósfera también deja huella: la luz azul y el color operan como condición que transforma lo cotidiano, el cuerpo y la memoria del territorio, y el archivo se vuelve una forma de sostener lo que ya cambió. En Autorrelatos, el cuerpo entra como superficie social: consumido y consumidor, atravesado por roles, por signos, por vulneración y resistencia. En El Cambalache, la deriva se vuelve escritura: fragmento, testimonio y pensamiento en movimiento, como si caminar continuara en la página.
En el taller, todo eso se transforma en imagen. La pintura opera como insistencia: un lugar donde la duda queda visible y donde lo vivido se decanta sin perder su aspereza. El archivo permanece abierto: crece, pesa, salva, reorganiza. El proceso se sostiene en un ir y venir constante: lo que pasa en la calle se transforma en el estudio, y lo que sucede en el estudio vuelve a abrir preguntas cuando vuelvo a la calle.

El Cambalache
Un pseudolibro que intercambia palabras por experiencias e imágenes mentales.




